Archivo mensual: agosto 2013

“TODOS LOS POLÍTICOS SON IGUALES”: EL DESENCANTO INDIVIDUALISTA Y SUS EFECTOS


Concepción Fernández Villanueva
Directora del departamento de Psicología Social de la Universidad Complutense

Publico424

Actualmente se repite como un mantra la desconfianza del pueblo ante los políticos No sólo lo repite la gente de la calle; las encuestas y todos los documentos científicos serios revelan una enorme desconfianza en los partidos. Se ha convertido en políticamente correcto culpar y castigar a los políticos. Incluso los niños y niñas españoles de 4 a 16 años ya manifiestan que han interiorizado este mito: 17,3% de ellos castigan a la clase política al considerarla responsable de la crisis y la profesión de político se sitúa en el ranking de las menos deseadas por los pequeños, elegida sólo por el 4,4% (estudio de la Fundación Adecco “¿Qué quieres ser de mayor?” 2013). En este clima de desconfianza, tan extendido, resulta difícil de sostener que no todos los políticos ni todos los partidos son iguales, sin ser acusado de ingenuo o de corrupto. Según los resultados del estudio mencionado nos lo dirían hasta nuestros hijos.

No obstante, los efectos de esta creencia, falsa pero interesada, van más allá de los apoyos explícitos a los partidos y más allá de la abstención en las elecciones.

Un primer efecto no despreciable de este mito es que ha servido como un mecanismo de desvío de otras culpabilidades. Por ejemplo, ¿en qué medida esta irracional proyección de culpa generalizada sobre los políticos les ha servido a los bancos y las instituciones financieras para esquivar una responsabilidad mucho más dolosa que la de los políticos en el desencadenamiento de la actual crisis y en el modo como va no-evolucionando? ¿Por qué no aparece la culpabilización de los bancos o de las grandes empresas en el citado estudio sobre las actitudes de los niños? ¿No resulta un poco llamativo, después de haberse presentado en televisión tanta información sobre desahucios de pisos propiedad de bancos y sobre los sueldazos que tienen los directivos de ambas instituciones? Con un poco de objetividad adulta podemos añadir lo que falta en el discurso de los niños: algunos políticos actúan deshonestamente para conseguir beneficios, es cierto, pero la consecución de beneficios de los sistemas bancarios y de sus dirigentes son escandalosamente inmorales, siendo a la vez legales. Cuando evaluamos la crueldad e implacabilidad de las decisiones de unos y otros, permítanme decir que gana, con mucho, la crueldad y desconsideración de los bancos y de algunas grandes empresas. Afirmo esto aún a sabiendas de que tenemos en este momento el Gobierno más cruel y despiadado de toda la democracia.

Un segundo efecto es que este mantra mueve los pilares de la seguridad y de la relación social de los ciudadanos. Se nos plantea en qué personas o instituciones podemos confiar. Si confiamos sólo en nosotros mismos y en nuestros entornos grupales más próximos, nos quedamos inermes y desprotegidos frente a los verdaderos poderes que deciden sobre nuestras vidas. Si confiamos en líderes individuales honestos pero populistas, podemos tener la consecuencia de la desarticulación social, el ilusionismo ineficaz e incluso, el fraude.

Lo más dañino para los ciudadanos y, paralelamente, lo más beneficioso para quien ostenta los poderes (públicos, empresariales y bancarios) es que los individuos confiemos sólo en nosotros mismos.

Parece un simple refugio psicológico, una consecuencia de las actuales circunstancias, fácil de entender. Pero es más mucho más que eso. Es una nueva y perniciosa forma de individualismo social, que está tan extendida y capilarizada como oculta bajo presupuestos psicológicos o de salud y bienestar social. Vemos circular engañosos y demagógicos discursos que proliferan desde los foros políticos a la seudopsicología, pasando por los comunicadores sociales, que pregonan que hay que buscarse la vida por uno mismo, que hay que ser positivos, que la solución reside dentro de cada uno. Discursos que, junto a los ejemplos a menudo engañosos del éxito conseguido por algunos cracks, lo que están diciendo en realidad es “búscate la vida por tu cuenta”, “sé más listo que los demás y si no lo eres, tuya es la culpa”. Algunos de estos predicadores de la positividad confunden la vida laboral con un concurso tipo reality, un concurso tipo “tú sí que vales”. La confusión entre lo que ocurre en un espectáculo televisivo y la realidad es tan fácil que hasta presentadores de realities promocionan y venden libros que ofrecen las claves del éxito de un buscador de empleo.

Ese discurso individualista en realidad está invitando a la gente a ser muy astuta, muy insolidaria y siempre, más lista que los demás. En algunos momentos, promociona la pillería, el pequeño truco que se ofrece al otro porque el que lo ofrece es más listo y consigue influir a los demás sin que el destinatario tenga conciencia de ello. Una influencia interpersonal que raya en lo ilegítimo. Pero que es totalmente ineficaz para la mayor parte de los trabajos. ¿Os imagináis cuál sería la aplicación de esta técnica para buscar trabajo como educador o como enfermera o como policía, funcionario, médico, montador de piezas de coche o como cajero en un supermercado?

Más allá de la ineficacia, este individualismo astuto e insolidario, vendido con el señuelo del éxito y la posibilidad de glamour de cualquier persona, lo que en realidad está consiguiendo es culpabilizar. Culpabilizar a muchísimos individuos de cuestiones de las que nunca deben sentirse culpables. Este discurso se complementa lógicamente muy bien con el que justifica los privilegios de las clases poderosas y dominantes y se mantiene impasible ante la situación deplorable de las clases más desprotegidas: “si todos tenemos lo que nos merecemos, los que tienen mucho más es porque lo han merecido”. Hemos oído a víctimas de la crisis hacer suya la afirmación de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, personas que simplemente desearon o intentaron comprar un bien, una casa o un producto de consumo, como nos inducían los diversos reclamos y posibilidades sociales percibidas. ¡Consiguen hacernos sentir culpables! Pero lo más frecuente es que nos culpen. Algunos políticos o comunicadores se permiten impunemente afirmar que “los casos puntuales” de desnutrición en nuestro país son “una responsabilidad que corresponde a los padres” (Rafael Hernando) o comentar con rabia “que se jodan” los parados o los que se encuentran contra su voluntad implicados en un conflicto violento, como el de Egipto (Andrea Fabra y Marhuenda, respectivamente).

Ese discurso individualista y culpabilizador, además, desvía el esfuerzo dedicado a cambiar las condiciones sociales y lo sustituye por la atención a las “astucias” individuales. Manejar muy bien las estrategias de empleabilidad, (formarse para lo que exige el mercado, presentarse como exige el empleador, adecuarse a las exigencias laborales antes que a los derechos y, además, llamar la atención, ser original y simpático). Y como efecto derivado, no dedicar parte de su tiempo y de su esfuerzo a cambiar las condiciones sociales que explican y hacen posible la situación actual de los trabajadores. Y tampoco exigir nada de quienes son responsables de crear empleo ni modificar las condiciones y derechos en el mismo. Esa es la verdadera dimensión y el principal efecto de la ideología del individualismo ayudada por un cómplice psicológico que es la seudopsicología de la positividad: “Todos debemos estar bien, ser positivos y mantener la autoestima sean cuales sean las condiciones que nos afecten”.

No estoy criticando el trabajo psicológico que se pueda hacer con las personas con problemas para intentar que en una situación cualquiera, por muy terrible que sea, tome el aspecto más positivo y eficaz para ella en el futuro. Critico los efectos políticos perniciosos de esta actitud irreflexiva y compulsiva de positividad, de exigencia de control de la situación por el individuo en cualquier circunstancia. Es la coartada perfecta para que los poderes públicos justifiquen no hacer nada para reducir el malestar, que no es individual, sino social. En vez de exigir la positividad hay que atender a los muy demostrados efectos del desempleo en el bienestar psicológico de las personas. La situación social difícil enferma, crea enfermedad y síntomas. No lo olvidemos nunca.

Así que no nos engañemos. La ideología del individualismo y su cómplice psicológica, la “positividad a toda costa”, son mecanismos útiles para mantener en su sitio a quienes están en peores condiciones. O en todo caso para que la mejoría se haga a base de un esfuerzo añadido por las personas que lo sufren y nunca a base de apelar a los que tienen más recursos, poder y capacidad para cambiar la situación.

Y, volviendo al principio, por muy popularizado que esté el mito de que “todos los políticos (y todos los partidos) son iguales”, es obvio que no lo son. Lo que han hecho unos lo desmontan otros y, en menos de dos años, el partido que gobierna actualmente nos conduce décadas atrás en derechos y bienestar social. Pero si no confiamos en políticos, grupos, movimientos sociales, sindicatos, y trabajamos con ellos, lo único que nos queda es adecuarnos a las estrategias de quienes deciden las reglas del juego social y tienen el poder de imponérselas a los demás. Y además, los que nos aconsejan individualizar nuestra situación no lo creen ni lo aplican en sus propios comportamientos. Establecen lobbies bien fuertes para blindar su poder, aunque pregonen la bondad y la capacidad de los individuos aislados.

Fuente: Diario Público

EL MOVIMIENTO ECOLOGISTA Y LA DEFENSA DEL DECRECIMIENTO


Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

Desde sus inicios, el movimiento ecologista ha tenido dos vertientes o versiones. Una asume que el mayor problema que tiene la humanidad debido al deterioro del medioambiente se debe al crecimiento demográfico que, al generar el consumo de más y más recursos, llegará a determinar un deterioro total del medioambiente, que será inhabitable.

El autor más conocido de esta versión (que fue homenajeado por el gobierno de la Generalitat en 2009), que podríamos llamar malthusiana, es Paul Ehrlich que terminaba su famoso libro The Population Bomb con este párrafo “La causa más importante del deterioro ambiental a nivel mundial es fácil de ver. La raíz del problema es que cada vez hay más coches, más fábricas, más detergentes, más pesticidas, menos agua, demasiado dióxido de carbono, resultado de que hay demasiada población en el mundo”.

De esta explicación de la crisis medioambiental, Paul Ehrlich deriva su propuesta de solucionarla centrándose en controlar el tamaño de las poblaciones e intentar reducir su crecimiento. Esta versión aparece de muchas maneras y con distintos matices. Suele ir acompañada de la teoría de las limitaciones de los recursos que se están consumiendo y, entre ellos, los recursos energéticos son un ejemplo claro. La futura limitación de las fuentes de energía no renovables tiende a ser el caso citado como causa de alarma y preocupación por los autores pertenecientes a esta tradición.

La otra versión del movimiento ecologista es la que centra la causa del deterioro ambiental, no tanto en el crecimiento de la población, sino en el crecimiento de la utilización de tecnologías o sustancias tóxicas y contaminantes, que pueden sustituirse, independientemente del crecimiento de la población. Su máximo exponente es Barry Commoner que fue el fundador del movimiento ecologista progresista en EEUU y que, diferenciándose de la versión conservadora –que se caracterizó por su determinismo demográfico-, centró sus propuestas en el cambio y sustitución de los recursos y tecnología utilizados, cuestionando la inevitabilidad del deterioro medioambiental que Ehrlich consideraba como consecuencia del crecimiento demográfico. Barry Commoner mostraba la reducción del dióxido de carbono (resultado de sustituir el tráfico de mercancías por carretera por el de tráfico ferroviario, basado en la electricidad) como ejemplo de la reversibilidad del daño medioambiental. Barry Commoner no ponía el énfasis en el crecimiento demográfico sino en la utilización de productos que afectan negativamente al medioambiente y, por lo tanto, a la humanidad. La solución es encontrar sustitutivos a los productos contaminantes. La sustitución de la energía nuclear por las energías renovables como la solar es un ejemplo de ello.

En varios escritos, que se han convertido en clásicos, Commoner analizó la contaminación atmosférica (debida al dióxido de carbono) en varios países desarrollados y subdesarrollados, mostrando que la variable más importante para explicar la calidad ambiental no era la población sino la tecnología utilizada, de manera que países con escasa población podían ser muy contaminantes y países muy poblados no tenían que ser contaminantes, pues podían utilizar tecnologías que no afectaban negativamente al ambiente (Commoner, Barry “Rapid Population Growth and Environmental Stress” y “Population, Development, and Environment: Trends and Key Issues in the Developed Countries”, ambos publicados en el International Journal of Health Services, Volumen 21, 1991 y Volumen 23, 1993). La población podía ser una variable influyente en el crecimiento de la toxicidad en el medioambiente, pero el impacto de la tecnología utilizada era varias veces superior al impacto generado por el tamaño de la población. Barry Commoner cuestionaba el catastrofismo que suele caracterizar la versión ecologista conservadora, refiriéndose al mejoramiento de las aguas en varios ríos estadounidenses, resultado de la regulación del flujo de sus aguas.

Esta concienciación de la importancia de la utilización de estas tecnologías y productos contaminantes llevó a Barry Commoner a analizar porqué unas tecnologías eran utilizadas más que otras. Y ello le llevó al estudio de la estructura económica y energética de un país, concluyendo que la estructura de poder que sostiene el tipo de producción era el causante del deterioro ambiental. Y le preocupaba mucho, por ejemplo, la enorme concentración de la propiedad de las energías no renovables que coincidía con la de las renovables. Y de ahí deriva el problema.

Las teorías del decrecimiento

Una situación semejante existe ahora en algunas de las teorías del decrecimiento. En un momento en el que la economía no crece, causando enormes daños, como el elevado desempleo, aparecen teorías económicas que sostienen que el crecimiento económico es malo, pues consume más y más recursos que son finitos, cuya desaparición causará gravísimos daños, considerando el decrecimiento como una evolución positiva, forzándonos a todos a ser más austeros en nuestro consumo. Como millones de seres humanos ya viven en condiciones de gran austeridad, no queda claro qué es lo que tienen que hacer los países austeros, excepto desincentivar que se consuma más. Su solución, por lo tanto, se aplicaría a los países de gran consumo, comúnmente conocidos como “países económicamente desarrollados”. Y es ahí donde se centra la propuesta de reducir el consumo que se considera un despilfarro de recursos finitos e insustituibles.

El problema con esta propuesta es (tal como Barry Commoner criticaba a Paul Ehrlich) que asume erróneamente que solo hay un tipo de consumo y actividad económica y que hay solo una manera de crecer económicamente (además de sostener también la finitud de recursos y/o su falta de sustituibilidad).

El crecimiento es una categoría contable y tiene un carácter genérico que nos dice muy poco. Se puede crecer económicamente produciendo prisiones y tanques y se puede crecer construyendo escuelas e investigando cómo curar el cáncer. Se puede crecer construyendo grandes edificios o manteniendo los ya existentes para hacerlos más ahorradores de energía y habitables. Ser anticrecimiento, sin más, es una actitud que refleja un cierto inmovilismo que perjudicará a los más débiles de la sociedad como ya estamos viendo ahora, cuando las sociedades están decreciendo. La cuestión no es, pues, crecimiento o decrecimiento sino qué tipo de crecimiento, para qué y para quién. Hoy las necesidades de la población mundial son enormes. Exigir que el mundo deje de crecer es equivalente a negar la posibilidad de mejorar. Ni que decir tiene que existen ya los recursos para permitir una vida digna a todos los ciudadanos del mundo. Ahora bien, alcanzar esta realidad requerirá una enorme redistribución de los recursos que será necesaria pero insuficiente, pues habrá la necesidad de producir más y mejor para satisfacer las enormes necesidades, definidas estas democráticamente.

Esta redistribución no pasa necesariamente por una reducción del crecimiento de los países desarrollados como algunas voces del movimiento por el decrecimiento están sugiriendo. En realidad, y tal como he indicado anteriormente, el tema relevante no es el crecimiento sino el tipo de crecimiento. La sustitución del transporte de mercancías en camión por un sistema ferroviario no contaminante para ahorrar energía o la sustitución del coche contaminante por el coche eléctrico o del coche individual por el transporte público colectivo no suponen necesariamente un crecimiento menor sino otro tipo de crecimiento. Esto es lo que algunos defensores del decrecimiento parecen ignorar. Es necesario redefinir lo que se entiende por crecimiento pero me parece erróneo asumir que hay solo una forma de crecer y concluir, con ello, que el crecimiento económico es intrínsecamente negativo. Como también me parece erróneo asumir que la inteligencia humana, puesta al servicio de las necesidades de la población en lugar de optimizar la acumulación del capital, no pueda redefinir los recursos materiales, de manera que enriquezcan en lugar de que deterioren la calidad medioambiental del planeta. Ejemplos de que ello es posible ya tenemos, como bien documentó Barry Commoner.

Una última observación. Nada de lo que he dicho puede interpretarse como una dilución de mi compromiso en cuanto a la necesidad de tomar medidas radicales para prevenir el deterioro medioambiental y aplaudo el esfuerzo de movimientos ecologistas a favor de concienciar a la ciudadanía del grave problema que se ha creado con el crecimiento actual, poco respetuoso, cuando no hostil, con la calidad medioambiental de donde las poblaciones viven. Pero, es este mismo compromiso el que me exige ser crítico con aquellas voces que parecen añorar nostálgicamente un mundo pasado, negando la posibilidad del progreso. Hace años, debatí con Ivan Illich, criticando su postura opuesta a la universalización de los servicios sanitarios, por considerar que negaban al ser humano su característica de ser autónomo, creando dependencias del sistema médico. Este mirar atrás puede verse fácilmente como una mera actitud regresiva. Y es ahí donde creo que se puede llegar con este discurso anticrecimiento. Se tiene que exigir otro tipo de crecimiento, un crecimiento que responda a las necesidades humanas y no a la necesidad de acumular capital, pero esto es muy distinto a paralizar todo el crecimiento. Me parece un profundo error.

Fuente: Diario Públicoíndice

¿MALOS TIEMPOS PARA EL ECOLOGISMO SOCIAL?


En estos tiempos de crísis, Paco Iturbe, divulgador ambiental y miembro de Ecologistas en Acción-Aragón, reflexiona sobre “ecologismo social”

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Vaya palabrejas: Ecologismo social. Dicen los que entienden de estas cosas que eso del Ecologismo social se refiere a que muchos de los problemas sociales se deben a problemas ecológicos, y que muchos de los problemas ecológicos se deben a causas humanas.

¡Menuda tontería! con la que está cayendo, ponernos a mirar cuestiones ambientales… ¿o no es tanta tontería? ¿nos preocupa la factura de la luz? ¿esa gasolina del coche que no deja de subir? son distintas caras del modelo energético. Actualmente basado en el consumo desmedido de petróleo, de un petróleo que se agota. Una cuestión ambiental, seguir con ese modelo petro-nuclear en manos de unos pocos, o cambiar a otro modelo más racional, de energías renovables y autoconsumo.

En Aragón somos líderes en energías renovables (ya producimos suficiente para abastecernos) y también en contaminación por centrales térmicas ¿por qué modelo apostamos? ¿cuál tiene más futuro? y se nos echa encima la amenaza del fracking. ¿Nos preocupa cómo llegar a nuestro pueblo? ¿sólo es posible llegar en coche privado? Otra cuestión ambiental: el modelo de transporte. Apostar por el tren y el transporte público, o dejarlo morir en favor de un automóvil privado acompañado de grandes y costosas autovías, jalonado tan solo por AVEs y aeropuertos ¿por qué apostamos? ¿qué crea más territorio? O si lo prefieren ¿Autovía o Canfranero?

¿Nos preocupa qué comemos? ¿el futuro de nuestras huertas y nuestros agricultores? Comemos productos traídos del otro extremo del mundo, agroindustriales con sabor standar o de genes modificados, o comemos lo que produce nuestro vecino agricultor, agroecológico, con sabor al cariño de toda la vida.

Una vez más, Aragón debe decidir. Somos líderes en producción agroecológica y nuestras vegas tienen un potencial casi infinito. Pero también somos líderes europeos en cultivo y experimentación de transgénicos ¿paraíso agroecológico o infierno transgénico? ¿qué queremos ser?

En Aragón, puede que sin darnos cuenta, tenemos una larga experiencia en cuestiones relacionadas con el ecologismo social. Durante años, hemos colocado paredes de hormigón en nuestros ríos, destrozando esos ríos e inundando pueblos y futuros. De hecho, seguimos en ello -Yesa, Mularroya, Biscarrués, Bergantes…-

Durante años, hemos colocado ladrillos en nuestras montañas, enladrillando los paisajes que nos deberían mantener vivos.

Puede que los cascotes de esos ladrillos y ese hormigón sirvan como abono para darnos cuenta de que, en realidad, lo valioso y nuestro era precisamente eso que tratábamos de esconder. De que probablemente el futuro venga en el Canfranero, en el Cierzo que mueve un molino, en el río vivo de nuestro pueblo, en los paisajes maravillosos que nos rodean o en la borraja de toda la vida.

Y todo eso, es ecologismo social.

Fuente: AraInfo, noticias de Aragón

LOS MODELOS LATINOAMERICANOS: UNA REFLEXIÓN LIBERTARIA


Interesante artículo de Carlos Taibo.

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La discusión está en la calle: ¿estaría aportando la América Latina de los gobiernos de izquierda un modelo estimulante que daría respuesta a muchos de los callejones sin salida en los que nos encontramos en el Norte opulento o, por el contrario, y pese a los fuegos de artificio, debemos mantener todas las cautelas en lo que hace a lo que significan esos gobiernos? No olvidemos que muchos de quienes se sitúan en la primera de esas posiciones consideran que experimentos como el venezolano, el ecuatoriano o el boliviano demostrarían la posibilidad de respetar las reglas de la democracia liberal –en ellos hay elecciones razonablemente pluralistas– al tiempo que se despliegan políticas sociales que estarían cambiando el escenario en franco y afortunado provecho de los desfavorecidos.

Antes de entrar en materia diré que, desde mi punto de vista, no se trata de negar que los gobiernos en cuestión han perfilado políticas preferibles a las asumidas por sus antecesores. Tampoco sería bueno que, dogmática y apriorísticamente, rechazásemos todo lo que significan, tanto más cuanto que lo razonable es reconocer que el acoso que padecen por los poderes de siempre a buen seguro que tiene su relieve. Y no parecería saludable, en fin, que cerrásemos los ojos ante determinadas derivas eventualmente estimulantes como las que hacen referencia a determinadas opciones de cariz autogestionario o a muchos de los proyectos vinculados, antes que con gobiernos, con las comunidades indígenas y sus singulares formas de organización y conducta.

Pero, anotado lo anterior, y voy a por lo principal, creo que estamos en la obligación de preguntarnos si experiencias como la venezolana, la ecuatoriana o la boliviana configuran un modelo sugerente y convincente para quienes bebemos de una cosmovisión libertaria. Y la respuesta, que me parece obvia, es negativa. Lo es, si así se quiere, por cinco razones.
La primera de esas razones subraya el carácter visiblemente personalista de los modelos que nos ocupan, construidos en buena medida de arriba abajo, y en algún caso, por añadidura, con asiento fundamental en las fuerzas armadas. En un mundo como el nuestro, el libertario, en el que hay un orgulloso y expreso rechazo de liderazgos y personalismos, es difícil que encajen proyectos que se mueven con toda evidencia por el camino contrario.

Debo subrayar, en segundo lugar, que no se trata sólo de una discusión vinculada con liderazgos y jerarquías: la otra cara de la cuestión es la debilidad de las fórmulas que, en los modelos que me ocupan, debieran permitir, más allá del control desde la base, el despliegue cabal de proyectos autogestionarios. A ello se suman muchas de las ilusiones que se derivan de la no ocultada aceptación de las reglas del juego que remiten a la democracia liberal, y en singular una de ellas: la vinculada con aquella que entiende que no hay ningún problema en delegar toda nuestra capacidad de decisión en otros.

Anotaré, en tercer lugar, que en esos modelos el Estado lo es casi todo. Se pretende que una institución heredada de los viejos poderes opere al servicio de proyectos cuya condición emancipatoria mucho me temo que, entonces, se ve sensiblemente lastrada. Al amparo de esta nueva ilusión óptica a duras penas puede sorprender que pervivan, de resultas, los vicios característicos de la burocratización y, llegado el caso, de la corrupción.

Obligado estoy a señalar, en cuarto término, que existe una manifiesta confusión en lo que se refiere a la condición de fondo de la mayoría de los proyectos abrazados por los gobiernos de la izquierda latinoamericana. Esos proyectos han apuntado casi siempre a una ampliación de las funciones asistenciales de la institución Estado. Nada sería más lamentable que confundir eso con el socialismo (a menos, claro, que quitemos a esta palabra buena parte de la riqueza que le da sentido). Si, por un lado, no se ha registrado ninguna suerte de socialización de la propiedad –o, en el mejor de los casos, esta última ha hecho acto de presencia de manera marginal–, por el otro han pervivido inequívocamente, por mucho que se hayan visto sometidas a cortapisas, las reglas del juego del mercado y del capitalismo.

Me permito agregar una quinta, y última, observación: incluso en los casos en los que la vinculación de las comunidades indígenas con determinados proyectos institucionales ha podido limar algo la cuestión, lo suyo parece concluir que las experiencias objeto de mi atención han sucumbido con lamentable frecuencia al hechizo de proyectos productivistas y desarrollistas que se antojan reproducciones miméticas de muchas de las miserias que el Norte opulento ha exportado, las más de las veces –sea dicho de paso– con razonable éxito.

Vuelvo al argumento principal: si no hay duda mayor en lo que se refiere al hecho de que los gobiernos de izquierda en América Latina han contribuido –unos más, otros menos– a mejorar la situación de las clases populares, desde una perspectiva libertaria parece obligado mantener al respecto todas las cautelas. Y entre ellas una principal: la que nace de la certeza de que, con los mimbres desplegados por esos gobiernos, es extremadamente difícil que se asienten en el futuro sociedades marcadas por la igualdad, la autogestión, la contestación de la miseria patriarcal, la desmercantilización y el respeto de los derechos de los integrantes de las generaciones venideras. Al respecto nada me gustaría más que equivocarme.

Fuente: nuevo DESorden

ESCUELA DE VERANO DE IZQUIERDA ANTICAPITALISTA


La Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista cierra su debate sobre la unidad de la izquierda resaltando la importancia de los movimientos sociales

Escuela Verano I.A.

La necesidad de unir a la izquierda española en estos momentos de crisis ha vuelto a ser evidenciada en la mesa de debate de la IV Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista que, desde el lunes y hasta el sábado, ha acogido La Granja, en Segovia.

En la tarde de este jueves, el diputado de Amaiur, Sabino Cuadra; el diputado de Izquierda Unida, Alberto Garzón; el profesor Juan Carlos Monedero, representando al Frente Cívico encabezado por Julio Anguita; y Gerardo Pisarello, de parte del Procés Constituent que en Catalunya han impulsado Arcadi Oliveres y Teresa Forcades, han tratado algunos de los puntos fundamentales para que esa unión se materialice. Su debate ha despertado el interés de los cientos de asistentes a los actos en Segovia y de alrededor de mil espectadores que han podido seguirlos a través del streaming.

La conversación la ha introducido Esther Vivas, de Izquierda Anticapitalista, que ha hecho un repaso de estos cinco años de crisis económica que deja claro que “el capitalismo se hunde”, y, con él, “el régimen heredado de la Transición, el bipartidismo y las instituciones”, como la monarquía, a la que ha definido como el “hazmerreír del pueblo”.

Esther Vivas: “La monarquía es el hazmerreír del pueblo”

“No hay recetas mágicas para la unión pero necesitamos nuevos instrumentos políticos y sociales que disputen la hegemonía”, unos instrumentos que no pasan sólo por las formaciones políticas, sino que necesitan “la incorporación masiva de la izquierda social, desde la base y que rompan con la vieja política, con las recetas de austeridad y que planteen una solución democrática a la cuestión nacional”, ha dicho.

Empezaba la exposición el profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid Juan Carlos Monedero, que ha explicado que “desde que en la socialdemocracia se abrazó el capitalismo”, se ha impuesto un “sentido común conservador”, que es el que la izquierda “tiene que cambiar” ahora. Un sentido común caracterizado por “la privatización y la competitividad” características del neoliberalismo y que lleva a la sociedad a “tres rasgos novedosos: la mercantilización de todos los ámbitos de existencia, la precariedad laboral generadora de miedo y que impide una tarea de izquierda; y la fragmentación y desconexión social”.

Monedero ve necesario un proceso constituyente “para un país en el que nunca nos han preguntado lo que queríamos”

“Para vencer al sentido común dominante tenemos que acordar puntos concretos, cosas sencillas que pueda entender cualquier persona, liderazgos en plural, que nazcan de abajo, que entiendan y expresen los problemas y sean capaces de limar diferencias”, ha argumentado Monedero. De lo contrario “estamos condenados a seguir enfrentándonos con nuestros análisis, que es lo único que le queda a la izquierda”, ha añadido el también colaborador de Público, que ha hecho referencia a la necesidad de un proceso constituyente en un país en el que “nunca nos han preguntado qué queríamos”.

Por su parte, Sabino Cuadra, “siendo consciente del foso existente entre las luchas de Euskal Herria y las del resto del Estado”, también ve la necesidad de “crear redes con otras fuerzas políticas de izquierda”, ya sean independentistas, soberanistas o sociales. Como ejemplo ha puesto a Amaiur, la unión de “fuerzas soberanistas y de izquierda que ha logrado los mejores resultados electorales de la Izquierda” en Euskadi.

Sabino Cuadra aboga por “crear redes entre fuerzas soberanistas y de izquierda”, como Amaiur

También ha dejado clara “la opresión nacional” que sufren los vascos en un lugar donde “los que obtienen mayoría absoluta, allí son minoría, pero imponen las mismas reformas”. El diputado también ha anunciado que, de cara a las elecciones europeas están “manteniendo conversaciones con todos los grupos a nivel a estatal” para acordar una alternativa que contemple la defensa del derecho a decidir y un programa fuerte frente a la crisis que incorpore la reducción de la jornada laboral para repartir el trabajo y la riqueza, el derecho reproductivo y un cambio en el modelo de desarrollo. “Las elecciones son lo de menos, pero son una buena excusa para que se consolide una unión”, ha sentenciado el diputado abertzale antes de defender la necesidad de la desobediencia civil y la confrontación ante “el avance neoliberal de la Europa de los grandes bancos y el capital”.

Garzón, de IU: “A veces tendemos a la defensa de la sigla y no de la idea; son vicios que tenemos que apartar”

A Cuadra le ha seguido el diputado de Izquierda Unida, Alberto Garzón, que ha reiterado que “el capitalismo español está agotado”, un capitalismo “basado en el ladrillo y la desigualdad”. En su discurso, cargado de autocrítica, ha dejado claro que “es fácil criticar las raíces económicas de la crisis, pero no las de la crisis de régimen”, de la que la izquierda participó. Garzón ha reconocido que “los partidos tendemos a ser conservadores cuando las cuentas van bien”. Algo que el joven diputado no ve con buenos ojos, por lo que ha pedido más radicalidad a su formación.
Cohesión entre la ciudadanía

“A veces tendemos a la defensa de la sigla y no de la idea, son vicios que tenemos que apartar”, ha sostenido. Sin embargo, tanto Garzón como los demás ponentes han querido remarcar que lo último del proceso constituyente es la elaboración de una lista electoral y han incidido en la importancia de “unir a las bases” y generar cohesión entre la ciudadanía.

Pisarello: “Es importante estar en las instituciones, pero denunciar la ofensiva neoliberal sólo es posible con la musculatura social” El debate lo ha cerrado Gerardo Pisarello, que ha defendido que la unidad es positiva. “No podemos caer en el fetiche de la vía electoral a cualquier precio”, ha sentenciado. Según él, hace falta “una actitud de modestia y una predisposición a la apertura”. “Estar en las instituciones puede ser importante y servir para denunciar la ofensiva neoliberal y detener la criminalización de los movimientos sociales, pero eso sólo es posible con musculatura social en la calle”.

“No podemos invitar a los movimientos a que se sumen a un proceso constituyente porque ellos ya son proceso constituyente”, ha sentenciado, después de apuntar que no es necesario un proceso constituyente, sino varios. Ha destacado el iniciado por Forcades y Oliveres asegurando que “ha generado mucha ilusión al llegar a gente a la que no llegaba la izquierda tradicional”. “Pero no está exento de riesgos”, ha advertido también

Fuente: Diario Público

Un viejoven debate electoral


Os dejamos este artículo que nos parece que plantea cuestiones interesantes. Tal vez se eche en falta, más allá de señalar muy acertadamente cuales son las opciones existentes; que se hubiera extendido algo más en nuevas y entusiasmantes proposiciones.
¿Se anima alguién a hacer aportaciones?

Poner el debate electoral encima de la mesa con la situación de crisis por la que estamos pasando, no sólo es pertinente sino necesario. Una vieja fórmula de solución a los problemas que se plantea ahora como nueva. Y se hace desde las formulas más variadas: desde aquellos que lanzan plataformas electorales a partir de partidos ya establecidos –tipo IU, los frentes de distintos tipos como los de Julio An­guita, etc.–; desde partidos nuevos enmarcados en la posmodernidad –caso del Partido X– o desde la posibilidad de listas electorales por parte de algunas sensibilidades del post 15M. Todas coinciden en la necesidad de un golpe de timón. Conquistar cuotas de gobierno –municipal, regional, nacional, etc.– desde donde poder transformar la situación. Cada una con distintas tácticas o procedimientos pero con similares bagajes.

Apelar a la herramienta electoral como instrumento de cambio social es una discusión inserta en la izquierda desde sus orígenes. Fue una de las grandes diferencias en el seno del movimiento obrero. Y hoy los movimientos sociales seguimos con el mismo debate. Pero no es el debate lo que hay que analizar sino más bien los resultados que esa herramienta nos ha ofrecido. El discurso de las opciones electoralistas parte de una pretensión de refundación y regene­ración democrática. “Demo­cracia” tiene varios significados. Apelar a ella como elemento a regenerar parece muy vago. Sin embargo, las opciones electorales consideran que partiendo de los principios y estructuras del sistema actual se va a poder conseguir la subversión para esa refundación democrática. Aquí estribaría el primer punto débil de la op­ción. Parti­mos de un régimen que no tiene la democracia como principio. No olvidemos que la legitimidad del régimen actual proviene de la ilegitimidad del Franquismo. La crítica que se realiza a la Cultura de la Transi­ción (CT) no viene acompañada de una condena explícita al Franquis­mo, base de esa CT. Mientras no tengamos una ruptura completa con el pasado en el que se forjó nuestra actual sociedad, no puede existir ninguna refundación de nada.

Lo segundo es que las opciones en liza utilizan los mecanismos del actual sistema para poder acceder a él y cambiarlo. El sistema se ha dotado de todos los mecanismos para impedir cualquier cambio estructural dentro del mismo. Cualquier tipo de cambio radical tendría complejos procedimientos para efectuarse, por no decir imposibles. A cualquier candidatura que se presente y consiga los resultados esperados sólo le espera adaptarse a un sistema diseñado de antemano.

Hay algunas cuestiones transversales a todas las opciones. La mayoría parte de la idea del buenismo para llegar a los objetivos. Un candidato bueno que se somete a la decisión de una asamblea soberana y que, en caso de hacerlo mal, pueda ser sustituido en cualquier momento. Un modelo tan inviable en el marco actual así como en un hipotético marco de cambio bajo esas fórmulas, pues el sistema sólo permitiría que un puñado de candidatos llegaran a tales puestos. Además, estas fórmulas ya se han probado. Y la experiencia histórica siempre ha dado la razón a los anarquistas: “Si ganas el poder, el poder te va a ganar a ti”.

Algunos de los movimientos electoralistas parten de una crítica furibunda contra la política actual. Sin embargo, a pesar de la crítica, no se dejan de repetir los mismos procedimientos. Casi todo está inventado. Otra cosa es los resultados que les queramos dar. Un aspecto muy extenso para tan poco espacio.

Lo que se quiere presentar como nuevo debate, como nueva solución, no deja de ser aplicar viejas fórmulas. No hay razones suficientes para confiar que en esta ocasión la cosa vaya a funcionar de otra manera. Al contrario, hay más datos que nos indican algo distinto. Como siempre, se dirá que el anarquismo y su opción antiparlamentaria está fuera de la realidad. Los ‘realistas’ confían todavía en las brechas del sistema para subvertirlo. La historia –esa maestra que nunca falla– nos ha demostrado que todos los avances sociales, los cambios de amplio calado sólo han venido precedidos por la creación de movimientos transformadores de masas. Es hora de retomar las enseñanzas que nos dicen que casi todo está ya inventado.
¿Cuántas transformaciones sociales se han conseguido en las urnas?

Fuende: Periódico DIAGONAL

“Hay que trabajar menos horas para trabajar todos”


Serge Latouche
Economista precursor de la teoria del decrecimiento1376575866_220660_1376576148_noticia_normal

Corría el año 2001 cuando al economista Serge Latouche le tocó moderar un debate organizado por la Unesco. En la mesa, a su izquierda, recuerda, estaba sentado el activista antiglobalización José Bové; y más allá, el pensador austriaco Ivan Illich. Por aquel entonces, Latouche ya había podido comprobar sobre el terreno, en el continente africano, los efectos que la occidentalización producía sobre el llamado Tercer Mundo.

Lo que estaba de moda en aquellos años era hablar de desarrollo sostenible. Pero para los que disentían de este concepto, lo que conseguía el desarrollo era de todo menos sostenibilidad.

Fue en ese coloquio cuando empezó a tomar vuelo la teoría del decrecimiento, concepto que un grupo de mentes con inquietudes ecológicas rescataron del título de una colección de ensayos del matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen.

Se escogió la palabra decrecimiento para provocar. Para despertar conciencias. “Había que salir de la religión del crecimiento”, evoca el profesor Latouche en su estudio parisiense, ubicado cerca del mítico Boulevard Saint Germain. “En un mundo dominado por los medios”, explica, “no se puede uno limitar a construir una teoría sólida, seria y racional; hay que tener un eslogan, hay que lanzar una teoría como se lanza un nuevo lavavajillas”.

Así nació esta línea de pensamiento, de la que este profesor emérito de la Universidad París-Sur es uno de los más activos precursores. Un movimiento que se podría encuadrar dentro de un cierto tipo de ecosocialismo, y en el que confluyen la crítica ecológica y la crítica de la sociedad de consumo para clamar contra la cultura de usar y tirar, la obsolescencia programada, el crédito sin ton ni son y los atropellos que amenazan el futuro del planeta.

El viejo profesor Latouche, nacido en 1940 en la localidad bretona de Vannes, aparece por la esquina del Boulevard Saint Germain con su gorra negra y un bastón de madera para ayudarse a caminar. Hace calor.
También en esta serie…

“Un sistema financiero sin control nos lleva al precipicio”

“Hay que crear nuevas formas de participación directa”

La cita es en un café, pero unos ruidosos turistas norteamericanos propician que nos lleve a su estudio de trabajo, un espacio minúsculo en el que caben, apelotonadas, su silla, su mesa de trabajo, una butaca y montañas de libros, que son los auténticos dueños de este lugar luminoso y muy silencioso.

Pregunta. Estamos inmersos en plena crisis, ¿hacia dónde cree usted que se dirige el mundo?

Respuesta. La crisis que estamos viviendo actualmente se viene a sumar a muchas otras, y todas se mezclan. Ya no se trata solo de una crisis económica y financiera, sino que es una crisis ecológica, social, cultural… o sea, una crisis de civilización. Algunos hablan de crisis antropológica…

“La oligarquía financiera tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios: los jefes de Estado”

P. ¿Es una crisis del capitalismo?

R. Sí, bueno, el capitalismo siempre ha estado en crisis. Es un sistema cuyo equilibrio es como el del ciclista, que nunca puede dejar de pelear porque si no se cae al suelo. El capitalismo siempre debe estar en crecimiento, si no es la catástrofe. Desde hace treinta años no hay crecimiento, desde la primera crisis del petróleo; desde entonces hemos pedaleado en el vacío. No ha habido un crecimiento real, sino un crecimiento de la especulación inmobiliaria, bursátil. Y ahora ese crecimiento también está en crisis.

Latouche aboga por una sociedad que produzca menos y consuma menos. Sostiene que es la única manera de frenar el deterioro del medioambiente, que amenaza seriamente el futuro de la humanidad. “Es necesaria una revolución. Pero eso no quiere decir que haya que masacrar y colgar a gente. Hace falta un cambio radical de orientación”. En su último libro, La sociedad de la abundancia frugal, editado por Icaria, explica que hay que aspirar a una mejor calidad de vida y no a un crecimiento ilimitado del producto interior bruto. No se trata de abogar por el crecimiento negativo, sino por un reordenamiento de prioridades. La apuesta por el decrecimiento es la apuesta por la salida de la sociedad de consumo.

P. ¿Y cómo sería un Estado que apostase por el decrecimiento?

R. El decrecimiento no es una alternativa, sino una matriz de alternativa. No es un programa. Y sería muy distinto cómo construir la sociedad en Texas o en Chiapas.

P. Pero usted explica en su libro algunas medidas concretas, como los impuestos sobre los consumos excesivos o la limitación de los créditos que se conceden. También dice que hay que trabajar menos, ¿hay que trabajar menos?

“Es necesaria una revolución. No hay que colgar a nadie, sino que hace falta un cambio radical de orientación”

R. Hay que trabajar menos para ganar más, porque cuanto más se trabaja, menos se gana. Es la ley del mercado. Si trabajas más, incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta, los salarios bajan. Cuanto más se trabaja más se hace descender los salarios. Hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, pero, sobre todo, trabajar menos para vivir mejor. Esto es más importante y más subversivo. Nos hemos convertido en enfermos, toxicodependientes del trabajo. ¿Y qué hace la gente cuando le reducen el tiempo de trabajo? Ver la tele. La tele es el veneno por excelencia, el vehículo para la colonización del imaginario.

P. ¿Trabajar menos ayudaría a reducir el paro?

R. Por supuesto. Hay que reducir los horarios de trabajo y hay que relocalizar. Es preciso hacer una reconversión ecológica de la agricultura, por ejemplo. Hay que pasar de la agricultura productivista a la agricultura ecológica campesina.

P. Le dirán que eso significaría una vuelta atrás en la Historia…

¿Una voz alternativa que debería ser escuchada? Recomienda la línea de pensamiento de Ivan Illich, humanista y pensador austriaco. “Es un hombre que, en un nivel muy profundo, pone de manifiesto las aberraciones del sistema en el que vivimos.

¿Una idea o medida concreta para un mundo mejor? Argumenta que sus ideas y medidas concretas “están todas unidas las unas a las otras”, por lo que no quiere escoger una. A lo largo de la entrevista desliza varias; una de ellas: trabajar menos para trabajar todos.

¿Un libro? Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito (editado en España por Icaria Editorial), de Tim Jackson. “Es muy próximo a mis ideas sobre el decrecimiento”.

¿Una cita? Se remite a Keneth Boulding, uno de los pocos economistas, dice, que comprendieron el problema ecológico, que dijo: “El que crea que un crecimiento exponencial es compatible con un planeta finito es un loco o un economista”.

R. Para nada. Y en cualquier caso, no tendría por qué ser obligatoriamente malo. No es una vuelta atrás, ya hay gente que hace permacultura y eso no tiene nada que ver con cómo era la agricultura antaño. Este tipo de agricultura requiere de mucha mano de obra, y justamente de eso se trata, de encontrar empleos para la gente. Hay que comer mejor, consumir productos sanos y respetar los ciclos naturales. Para todo ello es preciso un cambio de mentalidad. Si se consiguen los apoyos suficientes, se podrán tomar medidas concretas para provocar un cambio.

P. Dice usted que la teoría del decrecimiento no es tecnófoba, pero a la vez propone una moratoria de las innovaciones tecnológicas. ¿Cómo casa eso?

R. Esto ha sido mal entendido. Queremos una moratoria, una reevaluación para ver con qué innovaciones hay que proseguir y qué otras no tienen gran interés. Hoy en día se abandonan importantísimas líneas de investigación, como las de la biología del suelo, porque no tienen una salida económica. Hay que elegir. ¿Y quién elige?: las empresas multinacionales.

Latouche considera que las democracias, en la actualidad, están amenazadas por el poder de los mercados. “Ya no tenemos democracia”, proclama. Y evoca la teoría del politólogo británico Colin Crouch, que sostiene que nos hallamos en una fase de posdemocracia. Hubo una predemocracia, en la lucha contra el feudalismo y el absolutismo; una democracia máxima, como la que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial, con el apogeo del Estado social; y ahora hemos llegado a la posdemocracia. “Estamos dominados por una oligarquía económica y financiera que tiene a su servicio a toda una serie de funcionarios que son los jefes de Estado de los países”. Y sostiene que la prueba más obvia está en lo que Europa ha hecho con Grecia, sometiéndola a estrictos programas de austeridad. “Yo soy europeísta convencido, había que construir una Europa, pero no así. Tendríamos que haber construido una Europa cultural y política primero, y al final, tal vez, un par de siglos más tarde, adoptar una moneda única”. Latouche sostiene que Grecia debería declararse en suspensión de pagos, como hacen las empresas. “En España, su rey Carlos V quebró dos veces y el país no murió, al contrario. Argentina lo hizo tras el hundimiento del peso. El presidente de Islandia, y esto no se ha contado suficientemente, dijo el año pasado en Davos que la solución a la crisis es fácil: se anula la deuda y luego la recuperación viene muy rápido”.

P. ¿Y esa sería también una solución para otros países como España?

R. Es la solución para todos, y se acabará haciendo, no hay otra. Se hace como que se intenta pagar la deuda, con lo que se aplasta a las poblaciones, y se dice que de este modo se liberan excedentes que permiten devolver la deuda, pero en realidad se entra en un círculo infernal en el que cada vez hay que liberar más excedentes. La oligarquía financiera intenta prologar su vida el máximo tiempo posible, es fácil de comprender, pero es en detrimento del pueblo.

Fuente: El País

Rosalía Mera, la izquierda, los de abajo y el 99%


Interesante artículo de Hugo Martínez Abarca
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Ha llamado mucho la atención cómo muchos medios de comunicación están calificando a Rosalía Mera como multimillonaria de izquierdas. La mayoría de las cosas que sé de esta persona las he sabido tras su muerte y son muy pocas cosas, así que lejos de mí la voluntad de hacerle un juicio a favor ni en contra. Pero una de las cosas que está clara es que esta mujer era una de las propietarias de Inditex, empresa que trabaja con mano de obra esclava por medio mundo, que evade impuestos, etc. Se conoce la aportación de la señora Mera a varias organizaciones que podríamos calificar como filántropas y al parecer protestó contra los recortes en sanidad y educación, cosas, todas ellas, que son positivas por mucho que la defensa de la sanidad y la educación pública y de calidad es algo que no debería ser exclusiva de la defensa de los trabajadores: a los grandes empresarios con un poco de luces también les interesa trabajadores formados y sanos como al granjero le interesa que sus cerdos estén bien alimentados (con la salvedad de que a muchos les interese un sector productivo sin necesidad de formación con trabajadores poco cualificados y peor pagados; pero al menos les vendrá bien que estén sanos).

Sin embargo no se conoce que la señora Mera pidiera en ningún caso que la empresa de la que era cofundadora y copropietaria renunciara a la mano de obra infantil, a condiciones de trabajo nefastas o que en vez de tributar donde pudiera contribuir menos al bien común lo hiciera donde le tocara: de hecho habría contribuido más a la educación y la sanidad española si no hubiera usado SICAVs o si Inditex no se hubiera llevado ni un duro al fisco irlandés y hubiera ayudado a mantener (sin problemas de supervivencia) esa educación y esa sanidad.

Para quienes diferenciamos entre izquierda y derecha en función de si se lucha por la emancipación y contra la opresión o si se está del lado de los opresores hay al menos un lado en absoluto menor de la biografía de esta mujer (el lado empresarial, que es por el que era conocida: si sólo fuera una mujer que luchara por la sanidad y la educación pública y diera parte de su dinero a buenas causas su muerte habría sido tan anónima como la de miles de personas buenas) que la coloca en el bando de los opresores, al menos de los que oprimían a sus trabajadores de Bangladesh, según supimos tras la tragedia del incendio en una fábrica inhumana.

Pero desde hace tiempo la diferencia entre izquierda y derecha no está, para gran parte de la población, entre quienes oprimen y quienes luchan por la emancipación sino que son espacios más bien estéticos o incluso análogos a las aficiones deportivas: hay gente que es de izquierdas independientemente de lo que defienda como es del Madrid porque lo es, porque lo era su padre o porque Isco es de su pueblo. En buena parte del imaginario social la diferencia entre ser de izquierdas y de derechas es la que va de que te gusten Joaquín Sabina y Serrat a que te gusten Julio Iglesias y Raphael, un ámbito que tiene mucho más que ver con la estética que con las ideas políticas y, desde luego, que con la lucha por la emancipación. Una persona “moderna” tiene que definirse de izquierdas, que la derecha huele a caspa y sotana.

En origen los que luchaban por la emancipación se sentaban en la izquierda de la Asamblea Nacional, los partidarios de continuar con la opresión a la derecha. Ha calado esa idea de espacio más geográfico que político y la izquierda parece ser quienes se sienten a la izquierda, defiendan lo que defiendan, defiendan a quien defiendan. Por eso las gentes de izquierdas perdemos tanto tiempo aclarando que no tenemos nada que ver con el PSOE. Por eso, pese a las propuestas económicas liberalísimas de UPyD, sus votantes se siguen considerando a sí mismos de centro levemente hacia la izquierda. Por eso una persona con responsabilidad sobre la opresión brutal contra trabajadores tratados como esclavos puede considerarse de izquierdas: porque no se veía como una casposa reaccionaria sino una mujer moderna y sensible, o algo así.

Más allá de la persona concreta, de la que ya digo que no tengo gran información (ni siquiera gran interés), parece claro que un gobierno de izquierdas tendría como una de sus prioridades luchar contra algunas de las prácticas empresariales de Rosalía Mera y su imperio: la mano de obra semiesclava, la fuga fiscal, la posesión de SICAVs… pero pese a ello parece que factores claramente secundarios indican en los obituarios que la mujer más rica de España era filántropa y de izquierdas. Lo mismo (más claramente aún) cabe decir de su “simpatía” por el 15M: es evidente que esa categoría goza de una gran simpatía que hace que en ella se sientan a gusto quienes tratan a seres humanos como mercancías sin atender al lema que convocó la manifestación de aquel 15 de mayo.

En los últimos años han surgido un par de categorías que algunos miran con desdén por su supuesta falta de precisión. Identifican el conflicto de clases señalando a una amplia mayoría social oprimida por una pequeña élite: hasta ahí nada nuevo, pues es lo mismo que hemos hecho siempre hablando de lucha de clases. La novedad es que se renombra el conflicto (se cambia de nombre, no de análisis: se sigue mostrando un conflicto dialéctico) y se habla del 99% frente al 1% o a “los de abajo contra los de arriba”, algo tan impreciso como el “opresores contra oprimidos” de toda la vida (y de todos nuestros clásicos).

Imprecisiones las hay, claro. También las arroja hoy en día la categoría “trabajadores” que ya no son sólo el trabajador por cuenta ajena en activo: el capitalismo actual ha hecho suficientemente compleja la explotación como para que nos sea beneficioso usar un arsenal de categorías más amplio algunas de las cuales unas nos sean útiles en unos casos y otras en otros siempre para definir el conflicto entre opresores y oprimidos.

Personalmente no ubicaría a una propietaria de una empresa tan eficaz en la explotación laboral en la izquierda. Pero tampoco perdería mucho tiempo en convencer de ello: no estamos en un conflicto semántico sino social y político; somos materialistas y las identidades no nos son fines en sí mismo sino instrumentos para el fin que es la emancipación de todo ser humano y de todo colectivo humano.

Lo que nadie dudará es que si usamos esas categorías criticadas por ser tan “ambiguas” tenemos a Rosalía Mera perfectamente ubicada: es indiscutible que Rosalía Mera era de las de arriba, del 1%. Todas las categorías tienen fronteras difusas y para explicar que los nuestros no son los dueños de Zara sino los trabajadores de Bangladesh es mucho más útil esa distinción entre élites y pueblo (99%, los de abajo) que la a veces desdibujada entre izquierda y derecha. Para otros casos, según a quién se dirija uno o de qué hable, pueden ser más útiles los nombres del conflicto de siempre: la retórica es un instrumento político para ser usado tras análisis crítico, no como oraciones religiosas a repetir cual textos sagrados tengan o no contenido.

No reniego de la bandera de la izquierda, claro que no: la lucha por la emancipación que representa esa bandera es la lucha. Lo que tengo claro es que en muchas ocasiones hay que usar más banderas para lo mismo, para trazar la línea que separa a opresores y oprimidos y caminar hacia la emancipación. Y los nombres “99%” y “los de abajo” ayudan a muchos que no se ubicaban en aquellos espacios estético-deportivos a entender cuál es su bando y en casos como el de la mujer más rica de España a, sin negar (aunque sólo sea por ignorancia) sus probables aportaciones positivas, a entender que por muy atípica que pudiera ser no está en nuestra lucha, que nuestra lucha es contra quienes saquean el mundo, nuestra lucha es la de los de abajo contra los de arriba, la de los trabajadores de Bangladesh frente a quienes se labran con su explotación fortunas que tributan en SICAVs e Irlanda.

EL ALTO COSTE DEL LADO OSCURO


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La corrupción es un viaje a la noche más oscura del ser humano. Allí donde el escritor Francis Scott Fitzgerald narraba que son siempre las tres de la mañana. Es una travesía que tiene un peaje moral y ético, pero también un coste económico. Y aunque no hay cifras precisas, los expertos nos acercan a algunos números que revelan la magnitud de la herida. Friedrich Schneider, profesor de Economía de la Universidad Johannes Kepler en Linz (Austria) y una referencia en estos temas, ha elaborado un cálculo para España. “El 1% del PIB”, dice. O sea, unos 10.500 millones de euros anuales. Es el daño de la corrupción en las cuentas españolas.

Pero hay otras cifras. El Banco Mundial estima que el coste oscila entre el 0,5% y el 2% de la riqueza nacional en los países de la OCDE. Mario Monti, ex primer ministro de Italia, quiso conocer también ese precio y averiguó que el 3,8% (60.000 millones de euros) de los bienes y servicios producidos en su país desaguaba en las alcantarillas de la corrupción. Ahora bien, todos estos cálculos podrían quedarse cortos por razones como la negativa de las víctimas a denunciar las situaciones corruptas.

Sean o no exactos, ponerle números a la corrupción ayuda a entender que este comportamiento tiene una repercusión directa en la economía y en la vida de todos. “No forma parte de una extraña realidad ajena a temas cotidianos y vitales como la sanidad, la educación o la cultura. Dinero que se llevan los corruptos, dinero que no llega a nuestras escuelas y hospitales. Además, compromete nuestro futuro”, apunta Enrique Alcat, profesor en el Instituto de Empresa (IE). “La corrupción está obstaculizando la salida de España de la crisis, genera inestabilidad política, empeora la imagen del país, degrada la confianza del inversor y aumenta la incertidumbre financiera”, reflexiona José María Mella, catedrático de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid, quien recalca que “es un mecanismo depredador de los recursos de la sociedad”. ¿Por qué? Porque desvía el dinero de una mayoría hacia una minoría que acapara la riqueza y que suele estar bien conectada con los centros de decisión. Y a la vez es una artimaña empobrecedora, ya que reduce el gasto público social y merma el Estado del bienestar.

El pasado mes de junio, la ONG Transparencia Internacional reunió en Lisboa a 150 activistas de todo el mundo para analizar hasta dónde ha calado la corrupción. Los datos referidos a la Unión Europea fueron desoladores. Entre un 10% y un 20% de los contratos públicos se pierden por la corrupción, el 5% del presupuesto anual europeo no se justifica y se malogra cerca de un billón de euros en inversión al año. La Comisión Europea, en un borrador de trabajo fechado ese mismo mes, da precisión a esas cifras. Calcula Bruselas que la corrupción cuesta 120.000 millones de euros anuales, el 1,1% de la riqueza de la Europa de los Veintiocho. Sobre los países de la UE se extienden como un lodo oscuro, viscoso y pegadizo 20 millones de casos de corrupción a pequeña escala en el sector público. Por si fuera poco, todo esto sucede dentro de unas fronteras donde operan, según la Oficina Europea de Policía (Europol), 3.600 organizaciones criminales.

Un profesor austriaco calcula un daño equivalente al 1% del PIB

El anterior es un mapa que cartografía la preocupación. Sobre todo porque revela hasta qué punto está extendida y hasta qué punto la toleramos. “España siempre ha sido muy permisiva con la corrupción”, apunta Jesús Lizcano, presidente de la ONG Transparencia Internacional España. “Le doy un dato: el 70% de los políticos que estaban imputados por corrupción han sido reelegidos en las últimas elecciones locales”. Pese a todo, hay algún atisbo de cambio. El Barómetro de Opinión del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) de julio pasado sitúa a la corrupción como el segundo problema (37,4%) que más preocupa a los españoles después del paro (80,9%).

Es una buena noticia porque esa mayor preocupación abre la puerta a luchar contra nuestros propios demonios. “En España, históricamente se ha convivido con la idea de que todo el mundo defrauda”, recuerda Carlos Cruzado, presidente de los Técnicos de Hacienda (Gestha).

Las grandes empresas y las todopoderosas fortunas (42.711 millones de euros al año) son los principales defraudadores en nuestro país. Le siguen, a bastante distancia, las pymes (10.150 millones) y los autónomos (5.111), rompiendo ese mito urbano de que es en la pregunta “¿con IVA o sin IVA?” donde reside el mayor fraude. Lo que sí habría que cuestionarse es qué supone que en torno al 20% de la riqueza de España la genere la economía sumergida.

Es evidente que la corrupción afecta a las arcas del Estado. No solo por la evasión fiscal, sino también debido al aumento del gasto público improductivo, ya que sube los costes de licitaciones que no son competitivas. Además disminuye la capacidad inversora de la Administración y baja la calidad de los servicios públicos. Y en el lado de la iniciativa privada también causa sus destrozos, pues elimina la competencia al promover regulaciones ineficientes y amañadas para generar ingresos.

El dinero se desvía de una mayoría hacia una minoría bien conectada

Pero este viaje hacia la noche oscura no se detiene aquí. Va más allá. “La corrupción supone que la actividad económica se genere de manera ineficiente, ya que distorsiona el mercado e impide que determinadas actividades las desarrollen aquellas empresas que podrían hacerlo de una forma más eficaz”, relata Beñat Bilbao-Osorio, director asociado y economista del Centro de Competitividad y Rendimiento Global (Foro Económico Mundial). Y también te lleva a lugares donde no quisieras estar. “Los escándalos nos meten en la liga de Grecia, Italia, Chipre. En la que nosotros no estábamos. Jugábamos en la del déficit, el paro, la ineficacia. Pero no en esa”, observa el economista José Carlos Díez.

Cada país tiene una forma de corrupción definida por su propio ADN. En el caso español está vinculada a actividades relacionadas con el mundo inmobiliario (suelo, construcción y obras públicas). El escritor Rafael Chirbes, en su premonitoria novela Crematorio (2007), narró los entresijos de ese submundo en el que se mezclaban corrupción, política municipal y ladrillo. Aquellas páginas eran “un fuego que ardía deprisa”, como las ha calificado el propio autor. Y también fácilmente, como señala José María Mella, de la Universidad Autónoma de Madrid: “En esos sectores es sencillo apoderarse de las rentas generadas a través de concesiones y relaciones privilegiadas con las Administraciones públicas, ya sean locales o autonómicas”.

Sin embargo, el ladrillo, y sus aledaños no son la única fuente de corrupción. Muchos expertos apuntan a la financiación de los partidos. “Ha bajado la virulencia de los escándalos inmobiliarios porque con la crisis la burbuja estalló, pero el problema de cómo se financian los partidos permanece. Es un tema que no puede continuar siendo opaco”, razona Manuel Escudero, director general de Deusto Business School (Universidad de Deusto). Luz y taquígrafos que los analistas transcriben en varias propuestas: limitar los mandatos de los cargos públicos, no incluir en las listas a encausados por corrupción, eliminar los privilegios de los aforados, que muchas veces les hace impunes al delito, y tener un Tribunal de Cuentas que sea eficaz. Y por extensión, como escribía hace poco en EL PAÍS el experto en derecho Segismundo Álvarez Royo-Villanova, “terminar con la impresentable práctica de que las grandes empresas de sectores regulados sean el retiro dorado de toda clase de ex”.

Hay quien, como el prestigioso jurista Antonio Garrigues Walker, mantiene el optimismo en esa mirada hacia nuestro pasado y nuestro porvenir. “Un alto porcentaje de los escándalos guarda relación con la época de la borrachera económica. No por ello quiero decir que pierdan impacto, pero lo que está claro es que al final todo se descubre, y que lo que está ocurriendo es una lección dura, pero muy positiva, para reducir la corrupción que ya sucede a todos los niveles. Vamos hacia una época mejor en este tema, y la Ley de Transparencia [que quiere abarcar desde la Casa del Rey hasta el poder ejecutivo] ayudará mucho”, asegura Garrigues.

Caen la capacidad inversora del Estado y la calidad de los servicios

¿Pero de verdad es así? ¿Mejoramos? En los rankings internacionales de corrupción, como el que publica Transparencia Internacional, España ocupa el puesto 30º sobre un total de 176 naciones. En concreto, entre Botsuana y Estonia. Lejos de Italia (72º), que tiene un serio problema en este ámbito, pero también de la prístina Dinamarca (1º). En España, la corrupción en una década deja 800 casos y 2.000 detenidos, de acuerdo con fuentes policiales. Una alcuza que pesa mucho menos de lo que podríamos pensar, sobre todo en los insensibles mercados financieros, que se rigen por sus propias normas.

“Los casos de corrupción resultan indiferentes a los mercados de bonos”, observa Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI). “Es decir, piensan que no afecta a la solvencia de la deuda pública española y que, por tanto, su inversión no se encuentra en peligro”. De hecho, apunta Federico Steinberg, investigador principal de Economía Internacional del Real Instituto Elcano, “si no se ve una crisis política de gran magnitud, los inversores van a lo suyo”.

Precisamente Cristina Manzano, directora de la publicación online de análisis político Esglobal, citando un reciente trabajo del Instituto Elcano (Las agencias de rating y su influencia sobre la imagen de España), revela qué significa ir a lo suyo: “Las informaciones de las firmas de calificación de riesgos sí influyen en el mercado español y también las que proceden de la Unión Europea. Sin embargo, el resto de instituciones que emiten información no afectan en nada a nuestros mercados de capitales”. Ya lo dice Daniel Pingarrón, analista de IG Markets: “Un dato de empleo de Estados Unidos tiene más repercusión sobre la Bolsa española que uno de empleo de España. La globalización de los mercados así lo dicta”.

Keith Salmon, investigador experto en política española del think tank Oxford Analytica, explica que en Reino Unido se percibe la corrupción en España como “un asunto muy serio” que “encuentra similitudes no solo con los países del sur de Europa, sino con algunos de América Latina”. Además, avisa, existe un coste mayor en el que se repara poco, que “es la pérdida de fe de una generación de jóvenes españoles en el Gobierno, en el sistema democrático y en el entorno económico. Lo cual empuja a que emigren trabajadores de enorme talento. Y esto tiene un importante coste económico para el país, ahora y en el futuro”.

La losa de la inseguridad jurídica

A nuestros vecinos europeos no solo les preocupan los escándalos y la corrupción en España. Hay otros problemas que añaden pólvora al fuego, como los abruptos cambios normativos que el Gobierno ha impuesto a diferentes sectores y lo que podríamos llamar “hiperinflación legislativa”. En 2012, según datos del Congreso de los Diputados, se dictaron 8 leyes orgánicas, 17 leyes y la asombrosa cantidad de 29 reales decretos ley. Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana, calcula que el Estado (central y autonómico) produce al año casi un millón de páginas entre boletines y normas. Sometidos a este mundo que haría las delicias de Bartleby, el contumaz burócrata que creó el novelista Herman Melville, la reforma del sector eléctrico, que, entre otras consecuencias, encarece el autoconsumo a través de paneles solares y veta la posibilidad de verter la energía a la red, ha puesto en pie de guerra a este sector. “Es dar la puntilla a todo un sector tecnológico”, se queja José Donoso, director general de la Unión Española Fotovoltaica (Unef), que representa al 85% de las firmas de esta industria. Los inversores alemanes, franceses, suizos o americanos que “han aportado el 35% del capital de las centrales termosolares” con las nuevas medidas (en la práctica, las energías renovables sufren un recorte de 1.350 millones de euros) ven cómo “se quiebra la seguridad jurídica del país”, incide Luis Crespo, secretario general de Protermosolar (Asociación Española de la Industria Solar Termoeléctrica). Y hay quien incluso pinta un paisaje más desolador. “En inversiones en renovables, la confianza en España ha caído al mínimo”, asevera Juan Carlos Hernanz, socio del bufete Cuatrecasas.

Este es el intranquilizador retrato de un país que a veces pretende escribir recto con renglones torcidos. La eliminación —tras la reciente sentencia del Supremo que las declara nulas si no se contrataron con las suficientes garantías de transparencia— de las cláusulas suelo de las hipotecas le costará este año al BBVA un 27% del beneficio de la filial española, según la agencia de valores Norbolsa. Aunque no será la única entidad en pagar el peaje. De aplicarse, también afectaría negativamente a los resultados del Banco Popular (17%), Banco Sabadell (45%) y Caixabank (10%). El impacto es mayor en el BBVA porque tiene unos 40.000 millones de euros comprometidos con hipotecas que tienen este tipo de cláusulas frente a los 13.000 millones de media de Popular, Sabadell y Caixabank. Con esta sentencia, “los bancos dejarán de ingresar entre 200 y 300 euros mensuales por cada cliente”, estima Rodrigo García, analista del bróker XTB.

Fuente: El País