Archivo diario: septiembre 22, 2013

Fiesta en la Universidad de Zaragoza


Juan Manuel Aragües Profesor de Filosofía.

Universidad de Zaragoza

Con un cinismo, chulería y voluntad de provocación impropias de un ministro, Wert declaraba hace unos días que la movilización social en España en el ámbito de la educación era, comparada con lo que sucede en Chile y Argentina, una fiesta de cumpleaños. Al parecer, el hecho de que en cuanto realiza una actividad pública se encuentre con una protesta, al ministro le parece anecdótico. En algo tiene razón el ministro. La violencia que se ha visto en Chile y otros países no es comparable a los modos de movilización que se han desarrollado en nuestro país, donde siempre ha discurrido por cauces de normalidad, a pesar de las crecientes provocaciones policiales.

Si a la tranquilidad de la protestas en nuestro país se une el hecho de que el ministerio y la Casa Real habían elegido para la apertura de curso la Universidad de Zaragoza por su baja conflictividad, causa una tremenda sorpresa que se utilice el argumento de posibles hechos violentos para justificar la suspensión del acto de inauguración del curso universitario. Era evidente que protestas las iba a haber, como en todos los lugares donde hace acto de presencia el ministro, pero entender que ello iba a derivar en graves incidentes, es aventurar en exceso. A no ser que se supiera, desde la universidad, que cualquier acto de protesta en el Paraninfo, como por ejemplo mostrar algún cartel o camiseta verde, iba a ser respondido de manera desproporcionada por la seguridad de la Casa Real o del ministerio. Lo que, conociendo el ánimo represor de nuestro delegado del Gobierno, no es en absoluto descartable.

Por utilizar la terminología del ministro, en la Universidad de Zaragoza había una fiesta de cumpleaños. Y a esa fiesta de la Universidad de Zaragoza se autoinvitaron dos personas, el ministro y el Príncipe, que no eran vistos con buenos ojos por una buena parte de aquellos en cuya casa se realizaba la fiesta. Por eso hicimos público nuestro malestar y dijimos que nos les queríamos en nuestra fiesta.

Lo lógico, en estos casos, es que quien organiza la fiesta hubiera trasladado a los autoinvitados que era mejor que no vinieran. Sin embargo, para nuestra sorpresa, se procedió a cancelar la fiesta y encima con insinuación de que íbamos a ser malos anfitriones.

¿A quién nos debemos los universitarios? ¿A un ministro que, como el Gobierno del que él forma parte, tiene como objetivo destrozar lo público a mayor beneficio del negocio privado? ¿A un ministro que está procediendo a desmantelar la investigación y la universidad? Creo sinceramente que si hubiéramos recibido al ministro con los brazos abiertos, nadie en la universidad española lo hubiera entendido.

La Universidad de Zaragoza ha hecho público un comunicado en el que habla de lealtad institucional. ¿Hacia quién? ¿Hacia un ministerio que nos tiene como objetivo hace tiempo? ¿Hacia una Casa Real cuyos valores chocan radicalmente con los de una universidad democrática? Las instituciones merecen respeto en función de las políticas que aplican. Y cuando una institución, como el ministerio en este caso, se coloca al margen, por su política de desmantelamiento de la educación pública, de la norma fundamental del Estado, la Constitución, esa institución no merece la menor lealtad.

LA LEALTAD del campus debe estar con la sociedad de la que es parte y debe defenderla, como está haciendo en repetidas ocasiones enfrentándose con este ministro, de políticas tan perniciosas como las que padecemos. La lealtad de la universidad debe estar con su alumnado, que sufre en su bolsillo los recortes de un Gobierno que no tiene dinero para becas, pero sí para rescatar bancos, con su profesorado, cuyas condiciones de trabajo se deterioran día a día, con su personal de administración y servicios, cada vez más exigido y menos recompensado.

La fiesta de cumpleaños se ha suspendido. Es una mala noticia. Pero también es síntoma de que, más allá de sus bravuconadas, el ministro sabe que el malestar que ha producido es tan profundo que no puede tener la osadía de venir a presidir la fiesta de aquellos a los que agravia cada día. Porque no es bien recibido. Aunque somos muy educados, no nos gusta que se nos rían en la cara.